EL "ARTE" DEL MIMO EN ROMA

El origen del teatro romano, se ha asumido como una continuación del teatro griego. Sin embargo, eso no es del todo cierto.
Los romanos habían heredado la costumbre de celebrar determinadas fiestas con una representación teatral, pero éstas por sí solas no atraían la atención del público como lo hacían las carreras de caballos o los espectáculos circenses.

Los inicios del teatro romano suelen fecharse en el año 240 a.C. cuando Livio Andrónico representó dos piezas griegas traducidas al latín en un escenario de madera, el mismo tipo que se usó bastante tiempo por la facilidad de armarlo y desarmarlo para moverlo de lugar.
Cuando se edificaron los de piedra con graderías y todo, el teatro ya estaba en decadencia o había desaparecido, y es que desde tiempos de Plauto y Terencio la producción teatral había decaído, casi sólo se escribía para ser leída, Séneca, Ovidio y Pomponio, escribieron tragedias que nunca se representaron, no tenían la capacidad de convocatoria como sí la tenía una forma dramática que venía desde los etruscos y que muchos autores consideran como uno de los orígenes del teatro romano: el mimo.

Y aquí quiero detenerme.

En Roma el oficio de actor había sido mal considerado; sólo esclavos o libertos solían trabajar en el mundo del teatro, por ley se determinó que ser actor era causa del limitación de la capacidad jurídica de un individuo y así el término con el que los romanos denominaban a los actores –histriones- siempre tuvo un sentido despectivo.

El término mimo –mimus, del griego μίμος- designaba al género y al actor; es una farsa burlesca, a veces con tintes dramáticos, bastante realista; partiendo de un hecho real de la vida cotidiana aderezada con chistes e incluso escenas de violencia. Los mimos no llevaban máscara, los papeles femeninos eran representados por mujeres y había tantos mimos como personajes eran requeridos en la obra.
Las variedades y variaciones del teatro romano se explican como un proceso de adaptación: debido a que contaban con la gran competencia de las carreras del circo y de las luchas de gladiadores del anfiteatro, el teatro tuvo que buscar incesantemente nuevas formas para mantener a su público, atraer a nuevos espectadores y no verse eclipsado por las otras diversiones de Roma; y encontró una buena cantera al aparecer el cristianismo.

Las ejecuciones eran una característica común de los juegos romanos. Se llevaron a cabo alrededor del mediodía como un interludio entre los espectáculos de animales de las sesiones de la mañana y la lucha de gladiadores por la tarde. Las ejecuciones de desertores, prisioneros de guerra, y los criminales de las clases bajas eran normalmente crucifixiones o enfrentamientos con animales salvajes, y para darle una forma más “atractiva” se recrearon escenas de la historia o la mitología con el elenco penal en el papel protagónico.

Y viene hasta nuestros días un nombre: Laureolus.

Para la ejecución de éste malhechor que debe hacer sido muy famoso, se escogió el mito de Prometeo en una versión de Cátulo, pero adaptada a las circunstancias. Así, mientras Prometeo es encadenado a unas rocas y un buitre le devora las entrañas, a Laureolus lo sujetaron a una cruz y un oso se encargó de devorarlo vivo.
Muchos de los “actores” de estas representaciones eran cristianos prisioneros por profesar su fe; así en el mito de Ícaro, se lanzó desde lo alto a un niño cristiano con unas alas de plumas sujetas a su cuerpo. Cuando se representó “La conflagración” de Afranio, se incendió una casa levantada ex profeso con muebles y todo y  en la tradición de Mucio Scévola, a un “actor” (presidiario al fin y al cabo) le queman la mano tal como pasó con ese ilustre patricio al fallar en su intento de asesinar a Pórsena rey etrusco para poder dar fin a una guerra larga y sangrienta.

Todo esto hizo que el teatro perdiera la solemnidad que tenía en Grecia –donde era más bien un ritual sagrado- y deviniera en un simple entretenimiento, vulgar y obsceno.

En 1969, el director italiano Federico Fellini, llevó a la pantalla el texto de Petronio “El satiricon” y allí recrea magistralmente una pieza de mimo, tal y como ha sido recogida por diversos autores antiguos.

En esta escena, el mimo Vernacchio representa justamente la historia de Mucio Scévola con la única diferencia que al protagonista no le queman la mano. Aun así, la escena es de un realismo bastante fuerte.



2 comentarios:

  1. Pero es la verdad, el teatro romano era un espectáculo degradante y degradado.

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